Padres

La esperanza en tiempos de incertidumbre

A inicios de año, la firma Deloitte —presente en más de 150 países y territorios, dedicada a asesoría en auditoría, impuestos, temas legales y financieros, asesoría de riesgo y servicios de consultoría— publicó la sexta edición de su Informe Millennial. Este informe recogió las opiniones de 8 000 jóvenes nacidos después de 1982 de 30 países de todo el mundo, buscando aproximarse a las perspectivas y posturas de esta generación joven que empieza a insertarse en el mercado laboral, social y político. Y como parte del resumen ejecutivo, la firma subraya algo que demanda nuestra atención: “Los millennials (…) no son nada optimistas sobre sus prospectos [profesionales] a futuro, ni la dirección a la que se encaminan sus países, especialmente aquellos procedentes de mercados maduros”[1].

La preocupación ante la incertidumbre e inseguridad al cabo de un año de eventos políticos y sociales de gran peso a escala mundial en distintos ámbitos y de las complicaciones económicas propias del contexto actual, aunados a un cierto perfil social, emocional y de escala de valores de esta generación, invita a muchas reflexiones, entre ellas, una en torno al tema de la esperanza: cómo fomentarla —o en su caso construirla o re-construirla— desde la infancia, incluso desde adolescencia, para que nuestros hijos puedan caminar frente a la incertidumbre propia del mundo que será el de ellos, con un sentido de esperanza a modo de brújula interna que los habilite a encontrar certidumbre, aun dentro de las situaciones más inciertas y desesperanzadoras que puedan toparse.

 

El contexto de las expectativas de un futuro esperanzador

Kristina S. Callina, Sara K. Johnson, Mary H. Buckingham y Richard M. Lerner —Investigadores del Departamento Eliot-Pearson de Estudio Infantil y Desarrollo Humano en la Universidad de Tufts, Boston—, en una publicación de 2014, exploran los perfiles desarrolladores de la confianza y las expectativas de un futuro esperanzador (EFE) en la adolescencia. Según un cuerpo importante de investigaciones y teorías revisadas por el equipo, las expectativas sobre el futuro, con un corte más esperanzador, juegan un rol importante en el desarrollo positivo de la juventud, aunada a la capacidad de salir de una situación difícil y crecer con dicha experiencia[2].

La esperanza, dentro del marco teórico revisado por este equipo de especialistas, se entiende como “las emociones y cogniciones que energizan el comportamiento en dirección de metas futuras, y varios aspectos del progreso en la juventud”[3]. Esta mejora en el desarrollo y la prosperidad o crecimiento es evidente, por ejemplo, en indicadores que asocian a altos niveles de esperanza con éxito académico, así como en el campo del bienestar psicosocial y el de los logros deportivos. Según estos especialistas, se han encontrado vínculos entre las expectativas de un futuro esperanzador y los indicadores más globales del desarrollo positivo en los jóvenes —un modelo y abordaje del desarrollo adolescente que busca involucrar a éstos con sus familias, comunidades y gobiernos para que desarrollen su potencial—, como la competencia, la confianza en sí mismos, el carácter, la conexión y la contribución.

La importancia de tomar un escenario o situación y poder verlo y abordarlo con una mirada que mantiene la esperanza de que éste encontrará o le encontraremos un buen desenlace es, entonces, elemental en el desarrollo integral de un niño o joven, incluyendo —y más allá que— los ámbitos académicos o deportivos, pues lo equipa con habilidades que pueden marcar una gran diferencia en la forma en la que enfrenta todo tipo de situaciones y que alcanza su vida adulta. El contexto en el cual el niño se desarrolla es un factor crucial para el desarrollo de esta esperanza, según Callina, Johnson, Buckingham y Lerner. En específico, la relación padres-hijos está altamente implicada en el desarrollo de la esperanza (o de la capacidad de tener un abordaje esperanzador).

 

Criando niños con esperanza

Ante las complejidades que se enfrentan en un mundo globalizado de más de 7 500 millones de habitantes —y contando—, y tras un sondeo que recupera tanto posturas como opiniones no muy optimistas de las generaciones más jóvenes ante el futuro incierto, cabe la pregunta: y como padre, ¿qué puedo hacer?

Estimular y fortalecer la esperanza se ha vuelto necesario en estos tiempos. En un artículo del escritor Gershom Gorenberg, el Dr. Timothy Elliot —profesor asociado de psicología de la Universidad de Alabama, Birmingham— lo deja de forma muy clara: “al instalar la esperanza, le enseñamos a nuestros hijos que no son sólo recipientes pasivos de todo lo que pasa”[4].

Es importante que sepamos que son pequeños ajustes en nuestras rutinas los que podrán ayudar a fortalecer la esperanza en nuestros niños. Para el Dr. C. R. Snyder —investigador en esperanza y profesor de psicología clínica en la Universidad de Kansas en Lawrence—, la esperanza “es aprendida. Y como padres, incentivamos a nuestros hijos a pensar positivamente, de hecho, probablemente ya lo estás haciendo. Ayer, cuando tu niña pequeña subía dos escalones por ella misma y tú la motivabas a intentar con uno más, y luego otro, hasta que alcanzara el final de la escalera, tú eras el entrenador de la Liga Juvenil de Esperanza”[5].

Un niño con esperanza, según especialistas como Snyder y el Dr. Lewis Curry, es a la vez optimista (espera lo mejor) y determinado (es capaz de tratar la adversidad como un reto en lugar de verla como el final del camino)[6]. Y para ellos, una de las maneras más importantes de inculcarle esperanza radica simplemente en pasar más tiempo con nuestros niños: la seguridad derivada de un apego fuerte y sólido al inicio de la vida, le dará a tu niño la confianza para perseguir metas altas más adelante.

Para Snyder, la esperanza puede ser fomentada en cualquier etapa del desarrollo del niño. Desde contestar sus preguntas en la infancia temprana de “qué es eso” y “por qué”, lo cual enriquece su habilidad para articular lo que desea (que a su vez es el primer paso para lograr sus deseos), hasta ayudar a que tu niño crezca sus metas, lo que le enseña a disfrutar de los retos; y finalmente, celebrar con él cada logro, incluyendo los pequeños (o los que nosotros vemos como pequeños).

Leer, según apunta Gorenberg tras sus fructíferas pláticas con Snyder (entre otros), es otra forma de enseñarle a tu pequeño un pensamiento esperanzador: más allá de enriquecer y fortalecer sus habilidades en el lenguaje, las historias frecuentemente contienen algún tema esperanzador. A lo largo del crecimiento de tu hijo, ayudarle a generar múltiples soluciones a un problema —incluso hipotético— (situaciones que siempre enfrentan de una u otra manera los personajes de una historia) le dará una plasticidad y flexibilidad que le ayudarán en escenarios reales para encontrar nuevas vías de solución, incluso después de que con una —o varias— que haya intentado antes, haya fracasado. Hay que separar en el momento de corregir: que cuando falló algo, se debió a la estrategia o la forma de ejecutarla, mas no por una falta de talento o por una característica intrínseca del niño.

La esperanza, que en estos tiempos se asemeja a un santo grial altamente cotizado y requerido por muchas naciones, es, después de todo, algo que podemos alimentar y fortalecer desde nuestro hogar, en sus pequeños y, al mismo tiempo, grandes alcances.


[1] Galaz, Yamazaki, Ruiz Urquiza, S. C. Deloitte. “Apprehensive millennials: seeking stability and opportunities in an uncertain world”. The 2017 Deloitte Millennial Survey. [Tomado de https://cdn2.hubspot.net/hubfs/1708142/Campanas/Millennial%20Survey%202017/Deloitte-ES-millennial-survey-2017.pdf]

[2] Callina, K., Johnson, S., Buckingham, M., & Lerner, R. (2014). “Hope in Context: Developmental Profiles of Trust, Hopeful Future Expectations, and Civic Engagement Across Adolescence”. Journal Of Youth & Adolescence, 43(6), 869-883. doi:10.1007/s10964-014-0096-9

[3] Schmid and Lopez en Callina et ál.

[4] Elliot en Gorenberg, Gershom. “Raising a Hopeful Child”. Parents Magazine. [Revisado en línea en http://www.parents.com/parenting/better-parenting/style/raising-a-hopeful-child/]

[5] C.R. Snyder en Gorenberg.

[6] Gorenberg, Gershom. “Raising a Hopeful Child”. Parents Magazine. [Revisado en línea en http://www.parents.com/parenting/better-parenting/style/raising-a-hopeful-child/]

Escuelas de verano: ¿son necesarias?

Llega ese momento en el que ni padres ni hijos saben muy bien qué hacer con tanto tiempo disponible. Tal vez para uno de los padres sea más sencillo, aquel que trabaja fuera de la casa puede ahorrarse bastantes horas incómodas en las que darle una actividad divertida, productiva y formativa a sus hijos se convierte en un verdadero desafío.

Este problema lo podemos abordar de dos maneras: con actividades planeadas dentro de casa y con actividades organizadas fuera de casa.

En el primer caso, estamos hablando de poner un extra en la planeación semanal para, como padres o tutores, planear actividades divertidas y formativas para los niños y jóvenes. Por ejemplo, organizar una limpieza general de sus habitaciones o espacios personales, involucrando alguna actividad lúdica como concurso de encestar el peluche en la caja o competencias para ver quién tiende mejor y más rápido la cama.

El segundo tipo de actividad tiene que ver con los llamados cursos de verano, escuelas de verano o, sin mayor imaginación, clases de regularización.

Dejaremos las actividades planeadas dentro de casa para compartir algunos trucos e ideas más adelante. Hoy platicaremos más sobre las segundas.

 

Dale sentido

Ir a una escuela de verano, curso de verano o clases de regularización puede parecer muy estimulante para algunos chicos, pero para otros la mera mención de tener que dormir temprano para despertarse e ir a una actividad escolar les puede causar irritación. Así que, ¿cómo los convencemos?

Lo primero que debemos tener claro es si nuestro hijo o tutelado necesita o aprovecharía la actividad. ¿Es un estudiante perfecto? Nadie lo es, pero si canalizamos esta pregunta desde el enfoque “¿Hay algo que podría aprovechar de la actividad?”, todo nos puede resultar más sencillo.

Así que lo primero es que tú como padre o tutor le encuentres un sentido a enrolarlo en actividades durante sus vacaciones. Lo segundo es atraer, sin engaños, a los chicos hacia esta experiencia.

Si lo harán por primera vez, lo mejor que puedes hacer es ensalzar el lado social de la actividad. Recuérdale que es una oportunidad perfecta para conocer nuevos amigos o acercarse a los que ya tiene y le acompañarán. Otro plus para los chicos es que si asisten a estas actividades, la escuela se les hará “más fácil”, ya que no tendrán que esforzarse tanto en recordar conceptos, puesto que jugaron con ellos en vacaciones.

 

También es divertido

La mayoría de las ocasiones, los cursos de verano que ofertan las instituciones educativas, tanto públicas como privadas, incluyen actividades o están enfocadas en actividades exteriores. Ya sean de deportes, de ciencia o de arte, las actividades distintas que se llevan a cabo siempre tienen un componente lúdico. Esto sin duda les debe resultar un estímulo a los más pequeños, pero también a los chicos grandes de primaria, secundaria y prepa que ya están en etapas más sociables.

Si encuentras un área de mejora en lo social o deportivo para tus hijos o tuteladosm, ¡ahora es cuándo!, aprovecha la temporada.

 

Busca opciones

Los cursos de verano son gasto en una época previa a gastos muy fuertes, como lo son los costos de entrar de nuevo a un ciclo escolar; por eso los padres solemos dejar para otro año el curso de verano. Pero -y es un gran pero-, antes de decir que no, vale la pena buscar opciones.

Hay maestros que ven la oportunidad de aprovechar su vocación por educar y ganarse un dinero extra, por lo que organizan sus propios cursos o escuelas de verano. Acércate a los maestros de tus hijos para conocer las distintas opciones que la comunidad educativa de tus hijos tiene para ellos. Estamos seguros de que hay algo para cada bolsillo.

 

En resumen

  • Analiza las necesidades de los chicos antes de elegir una actividad organizada para el verano. ¿Qué necesita mejorar? ¿Qué quiere aprender? ¿Dónde lo puede aprender?
  • Las escuelas de verano no sólo son para repasar lo visto. También son oportunidades de socializar y mejorar en ese importante ámbito.
  • Hay opciones para cada bolsillo. ¡El chiste es buscar! Si estás atento a la comunidad educativa de tus hijos (escuela, maestros, otros padres de familia), será más fácil encontrar opciones.

 

“¿Y si no encuentro nada?”

Bien, nos da gusto que nos acompañes hasta aquí. Y por eso vamos a reunir un buen grupo de tips e ideas para desarrollar en casa si no se presenta la oportunidad de llevar a tus hijos a escuelas de verano.

Las lecciones del miedo

Jugando con el riesgo para aprender a manejarlo

En las últimas semanas se ha hablado sobre los impactos de la sobreprotección en el desarrollo integral de un niño —más allá de sólo el ámbito académico— y, paralela o consecutivamente, de los beneficios de tener un enfoque que motive a los niños a probar, intentar y atreverse a jugar, a aprender… a desarrollar el coraje de exponerse al fracaso para llegar al éxito. Pero ¿qué pasa desde la naturaleza de sus propias formas de exploración? ¿Cómo enfrentan los niños por sí solos el mundo que van descubriendo, antes de que nosotros intervengamos en su búsqueda de conocimiento? La respuesta, al parecer, es juego de niños.

 

“Sr. Miedo” y “Srita. Entusiasmo”: la sabiduría detrás de esta ambigua pareja

Los niños, desde infancia temprana, recurren al juego tanto como medio de diversión como de aprendizaje, y en él asumen riesgos. Y éste, como parte fundamental en sus primeras formas de acercamiento y comprensión del mundo, en realidad es parte importante de su desarrollo. Para especialistas como la profesora Ellen Beate Hansen Sandseter y Ole Johan Sand (2016) de la Facultad de Educación de Infancia Temprana en la Universidad Queen Maud de Noruega, aprender a tomar riesgos es una parte natural de la infancia y el desarrollo infantil: “Objetivamente, el juego riesgoso provee experiencias positivas para un niño”[1]. A ellos se suman investigadores de la toma de riesgo en el juego, como Coster y Gleeve (2008), quienes argumentan que el juego con cierto grado de riesgo (risky playing o “juego riesgoso”) provee a los niños de diversión, goce, emoción, orgullo, un sentido de logro o satisfacción, así como autoestima, siempre a la par de una sensación de miedo. Así, el miedo y el entusiasmo caminan de la mano, una dicotomía que provee al niño de experiencias que derivan en nuevos conocimientos —la emoción y el goce del juego permiten que el niño crezca o actualice su potencial a través de actividades motivadas intrínseca y voluntariamente[2]—.

Esta pareja, miedo y entusiasmo, pese a su gran aporte y valor —probablemente desde una base evolutiva—, como el fortalecimiento de la autoestima y la capacidad de afrontar situaciones difíciles más adelante en la vida, además del crecimiento del potencial de cada niño, nos representa grandes reservas para cederle una parte importante en el desarrollo de nuestros niños. Aunque quisiéramos que sus cuidadores fueran “Sr. Seguridad” y “Srita. Calma” cuando estén en medio de un parque o en un campo en el que suben a los árboles y que nosotros decidamos dejarlos jugar solos, debemos plantearnos qué tanto nuestro instinto de protegerlos los lastimará si lo hacemos en exceso: una tarea nada fácil que recae en nosotros los padres y, supongo, un escalón para nuestro desarrollo en la paternidad/maternidad.

 

Los niños que no trepan árboles

Debido a que el juego involucra muchas veces el riesgo de lesionarse, desde hace décadas han surgido varias estrategias para el manejo del riesgo, aplicadas, en algunos países, en el diseño de los juegos en parques. Éstas incluyen la reducción de las zonas altas desde donde podría caer un niño, alisar las superficies en donde puede caer un niño, entre otras. Y pese a que las estadísticas en varios países alrededor del mundo muestran que las heridas en parques como resultado de caídas o colisiones con columpios, resbaladillas, pasamanos, etcétera, son pocas —en Reino Unido, una herida fatal ocurre cada tres o cuatro años (Ball, 2002)[3]—, en países como Australia y Noruega, el enfoque en la seguridad de los niños y la prevención de lesiones ha crecido, a la par de un enfoque en actividades recreativas estructuradas y con corte de carrera en países como Estados Unidos[4]. Hoy en día, pese a que, en general, existen más espacios públicos destinados al juego, cada vez son menos los niños que salen a jugar en espacios abiertos, y por ende, se enfrentan y exploran ámbitos de la vida con menor posibilidad de riesgos. En 1903, en la inauguración del primer parque con patio de juegos en la ciudad de Nueva York (Seward Park), 20 000 niños corrieron entre policías y cercas para poder llegar, por fin, a sus juegos[5]. Y como recuenta Noël Duan en un artículo para Standford Social Innovation Review, hoy son cientos los parques con patios de juegos, vacíos en toda la ciudad neoyorquina.

Si bien no queremos que nuestros niños sufran lesiones, ahora alcanzamos a ver con mayor nivel de estudio el gran riesgo que, irónicamente, implica que se vuelvan niños que nunca trepen árboles o bajen por senderos naturales en bicicleta o gradualmente se impulsen con mayor fuerza desde un columpio para ver hasta dónde pueden llegar (comprendiendo con ello nociones de peso, balance, aceleración y fuerza desde su propio cuerpo). En algo más confluyen varios expertos: la supervisión sí es algo fundamental en el resguardo de la seguridad de nuestros niños. Estar presentes y observar, pero dejarlos tomar sus pasos, incluso aquellos que veamos que resultarán en un tropiezo, uno que no amenaza su bienestar. Una vigilancia con un criterio que dé pauta a que se experimente el riesgo.

Los límites de seguridad y protección serán delineados por cada padre; y sabiendo lo que conlleva eliminar por completo actividades de juego con riesgo, probablemente podamos expandir un poco, a conciencia, el área en el que dejemos que nuestros hijos jueguen, caigan, tropiecen, se vulneren y pierdan… y probablemente crecer junto con ellos después del miedo de verlos caer, pero siempre levantarse, sacudiéndonos nuestras heridas emocionales que mimetizan aquellas físicas que son huella de la curiosidad y valor de ellos.


[1] Sandseter, E. H., & Sando, O. J. (2016). ” ‘We Don’t Allow Children to Climb Trees’: How a Focus on Safety Affects Norwegian Children’s Play in Early-Childhood Education and Care Settings”. American Journal Of Play, 8(2), 178-200.

[2] Sutton-Smith en Sandseter y Sando.

[3] Ídem.

[4] Duan, N. (2016). “A Different Way to Play”. Stanford Social Innovation Review, 14(4), 8-9.

[5] Ídem.

Protegido del fracaso, protegido del éxito

Aunque como adultos podemos escuchar o leer todo tipo de frases motivacionales que nos incentivan a salir de nuestra zona de confort para “ir por lo que queremos” en gran cantidad de publicaciones y, por ello, nos pueda parecer un tema ya comprendido, cotidiano y hasta ligero, lo que hay detrás del miedo al fracaso es mucho más complejo y nos alcanza a todos: adultos y niños. Como padres y maestros podemos incidir, deliberada o inconscientemente en la medida en que el miedo al fracaso limite o llene de herramientas al desarrollo —y vida en general— de nuestros niños.

La cabalgata hacia el éxito nunca está libre de fracasos

La escritora y comentarista Margie Warrell —con formación en negocios y psicología— lo ilustra de forma muy clara en una de sus columnas para la revista de negocios Forbes: “(…) el crecimiento y la comodidad no pueden cabalgar sobre el mismo caballo”[1]. En un artículo en donde habla tanto desde su experiencia en el mundo empresarial —que incluye programas para la NASA— y psicológico, como desde su faceta como madre, Warrell nos recuerda de los graves estragos que conlleva una crianza que busca apartar todo riesgo de la vida de los niños, incluido el contacto con el fracaso, no sin reconocer el reto que como padres implica distinguir la línea entre el instinto primordial de proteger a nuestros hijos contra toda amenaza, y motivarlos a asumir riesgos para que sigan jugando/aprendiendo/creciendo.

Según Warrell, hoy en día son cada vez más los niños que crecen sintiendo una presión excesiva por ser exitosos desde edades muy tempranas, y se vuelve más común encontrarnos con adolescentes que optan por abandonar actividades por el miedo a asumir el riesgo de ser duramente juzgados, muchas veces -sobre todo- juzgados por padres sumamente exigentes. Estos estándares de adultos les empiezan a robar a los niños su niñez al no darles la libertad emocional, física y mental de ser solamente niños. Bajo esta línea podemos ver claramente cómo nuestros propios miedos o temas sin resolver, aún en nuestra adultez, pasan a marcar peligrosamente el camino de nuestros hijos, que muchas veces prefieren ya no caminar.

Equipados con el arsenal del fracaso

Uno de los peligros más grandes en la vida de cualquier persona es probablemente aquel de asumir el “mejor no jugar que arriesgar”, la peligrosa seguridad de vivir en un porcentaje de todo nuestro potencial con el fin de evitar resultados no favorables. Warrell dice que ha observado cómo, tras las pérdidas en distintas áreas y actividades extra curriculares de cada uno de sus cuatro hijos, a través de los años, la mayoría de las mejores lecciones de vida vienen de las derrotas por puntajes reñidos, de las casi-victorias o del no llegar a la última selección. Son éstas las lecciones que nos traen una comprensión más allá de la carrera jugada y que nos arman de resiliencia, capacidad de gran valor para enfrentar los retos incesantes de la vida.

Desde su experiencia profesional, Warrell nos recuerda que la mayoría de casos de empresarios exitosos no salen de un historial limpio de promedios de 10 y medallas de oro, se trata de personas que han tenido su buen número de fracasos en el camino a la adultez, pero que aprendieron que el fracaso es un evento y no su persona, y que les ha permitido construir una confianza lo suficientemente fuerte para ir tras metas ambiciosas, a pesar del riesgo a que se den resultados no favorables: los resultados no los definen.

En el corazón del fracaso

Según Martin Covington, profesor de la Universidad de Berkeley y especialista en educación e investigador del área social-personalidad, el miedo al fracaso está vinculado directamente con nuestro concepto de valor (self-worth) y autoestima, “o a la creencia de que eres valioso como persona”[2]. El miedo al fracaso entonces permea —o socava— nuestra identidad: no es un elemento que podamos sacudir a la primera, será probablemente una batalla que se tendrá que ir ganando día a día y en la que nosotros como padres podemos ayudar a que nuestros hijos tengan un soporte sólido en ellos mismos para ser capaces de afrontar los retos de forma en que su autoestima crezca.

Para Covington, entre otras observaciones, es importante que los padres no opten por prácticas que avergüencen o castiguen los fracasos de los niños, sino que reconozcan y celebren su éxitos; que se les aliente a que jueguen, aprendan y se arriesguen por el gusto de hacerlo, y hacer ver que su valía como personas es completamente independiente de los resultados que produzcan.

Tanto Warrell como Covington nos invitan a enseñar a nuestros hijos a asumir el riesgo de equivocarse, a desafiar las reglas y hacer su propia suerte; a ayudarlos a que separen su valía de los resultados que obtengan, aprovechar cada oportunidad para hacerles ver que lo más importante no es ser alabado como el héroe, sino tener el valor de intentarlo: lo valioso es lo que se aprende detrás de cada intento.


[1] Warrell, M. (2015). “Prepare your kids for success: teach them how to fail”. Forbes. [Revisado en: https://www.forbes.com/sites/margiewarrell/2015/12/05/prepare-your-kids-for-success-teach-them-how-to-fail/]

[2] Covington en Zakrzew, V. “How to help kids overcome fear of failure”. Greater Good Magazine. Diciembre, 2013. [Obtenido en línea en: https://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_to_help_kids_overcome_fear_of_failure]

Tomar responsabilidad y aceptar las consecuencias… desde la infancia

Responsabilidad, Montenegro Editores

La responsabilidad y sus consecuencias: “Fui yo, no fue teté”

Aunque parece que estas capacidades incluso escapan a muchos ejemplares del mundo adulto, asumir las consecuencias de nuestros actos y dejar de traspasar la culpa a otros, en realidad comienza en nuestra infancia, muy de la mano de nuestra aproximación y estilo de disciplina que se fomentó en nuestra casa, y, por ende, de la que fomentaremos con nuestros niños.

Si ves que tu niño culpa rápidamente a otros por la mayoría de sus faltas —incluso aquellas en las que tienen sus manos pintadas por todos lados…—, no estás tratando con un “mal” terrible en su persona, los niños en infancia temprana están desarrollándose en todos los sentidos, y el asumir sus responsabilidades es parte de ello. Especialistas en el tema, como la Dra. Kate Roberts, lo dejan muy claro: “los niños a esta edad no entienden que todos cometemos errores (…), culpar a alguien es simplemente su forma de evadir una desaprobación y las consecuencias negativas”[1]. Y, ¿qué hacer para ayudar a que nuestros niños puedan tener un desarrollo emocional sano, y aprendan a aceptar las consecuencias de la mejor manera? Todo empieza con la disciplina.

 

Disciplina positiva y salud emocional positiva

En tema de formas de ejercer la disciplina, el tipo de cuestionamiento que subyace en la mente de cada padre bien puede ser de naturaleza hamletiana: “ser o no ser…”, qué tan riguroso ser con las reglas y sus consecuencias, o qué tan laxo. El balance es justo lo que los especialistas y numerosos estudios apuntan como la clave: una “disciplina positiva”, lejos tanto de la severidad que se acostumbraba en generaciones pasadas, como del desapego de la estructura y las normas. Esta forma de disciplinar a los niños positivamente se funda en formas que aseguren un desarrollo del bienestar emocional del niño, pues según expertos en psicología y educación en Estados Unidos, así como numerosos estudios, una buena salud emocional contribuye aproximadamente al 80 % del éxito de los niños como adultos [2]. Esta salud emocional “positiva” se refiere a la habilidad de las personas de reconocer y entender emociones —propias y ajenas—, la habilidad de expresarlas correctamente, la habilidad de resolver conflictos y lidiar con situaciones difíciles, mantener un punto de vista positivo ante la vida, reconocer la responsabilidad social, manejarse de forma no violenta, empática y respetuosa hacia uno mismo y hacia los otros [3], entre otras.

 

Causa-consecuencia… con lógica

Una parte fundamental de ayudar a que los niños desarrollen la capacidad de tomar la responsabilidad de sus faltas, es que vean claramente el curso lineal de causa-consecuencia en una situación, y sus efectos. Es común que los padres establezcan consecuencias sin una clara relación con la falta en sí, o consecuencias poco razonables. Ambos escenarios son confusos para los niños y, sobre todo, aprenden poco de este conjunto de consecuencias, lo que dificulta su desarrollo de autodisciplina y su capacidad de asumir responsabilidades [4]. Un ejemplo de una consecuencia sin relación sería pedirle al niño que haga planas y planas en donde escriba que debe guardar sus juguetes, una vez que haya dejado el cuarto tirado antes de irse a dormir. Una consecuencia poco razonable sería castigarle su tiempo de juego durante una semana por excederse cinco minutos en su tiempo para irse a la cama.

Lo ideal es plantear consecuencias lógicas a sus faltas, como castigar el tiempo de juego al niño el mismo día que decidió no hacer la tarea. Es un marco de tiempo corto e inmediato, al igual que una consecuencia relacionada a su falta, con lo que puede ir entendiendo la lógica de sus acciones, así como, al mismo tiempo, ir aprendiendo de sus errores.

Los especialistas, como la psicóloga clínica Zehmar Kamal, sugieren que las consecuencias sean planteadas a los niños con antelación, se le den opciones y que se involucre al niño en el establecimiento de las consecuencias ante ciertas situaciones específicas. Sobre todo la estructura, la constancia de apegarse a ella y a las reglas que como padres hemos establecido, la coherencia y la dosis bien reguladas de las consecuencias que establecemos son parte fundamental del sistema de disciplina positiva que ayudará a que nuestros niños, además de volverse más disciplinados, aprendan a no culpar a otros por sus faltas, sino apropiárselas y asumir sus consecuencias.

 


[1] Roberts en Reece, T. (2014). “How to teach kids to accept responsability for their actions”. Parents Magazine. [Tomado de: http://www.parents.com/kids/responsibility/values/its-not-my-fault/]

[2]  Kamal, Z. (2014). “Positive discipline for raising emotionally healthy children”. Hilal, 51(6), 59.

[3]  Ídem.

[4]  Ídem.

El ABC para relajarse en vacaciones

Relajarse en vacaciones, Montenegro Editores

Existe una creencia arraigada en la sociedad de que la carga laboral puede medirse en horas. Pero el trabajo de los maestros, al igual que el de otros educadores y tutores, también conlleva un desgaste emocional e intelectual que suele quedarse con nosotros aún en periodos de descanso.

En Montenegro queremos echarte una mano para que las inminentes vacaciones te sean provechosas por completo, y por ello te proponemos algunas técnicas para relajarse de verdad en vacaciones.

 

A) Alarga las mañanas.

Aunque seas profesor en una escuela o colegio vespertino, estamos seguros de que tu rutina te lleva a levantarte temprano. Con los chicos de descanso, lo primero que tienes que hacer para romper con la rutina de trabajo e iniciar una de descanso es… comenzar más tarde.

 

B) Date gusto.

Empezar más tarde tu día no significa que no tendrás el tiempo suficiente para cocinarte. ¡Todo lo contrario! Podrás tener el tiempo para prepararte tu comida favorita u ordenarla para comerla en casa. Esto puede ser tan sencillo como llenar el refrigerador antes de tus vacaciones, así no tienes que preocuparte por ir al supermercado.

 

C) Actívate, relajándote.

Suena a un sinsentido, pero no lo es tanto. Programa tiempo en tus vacaciones para realizar meditación, yoga o simplemente corriendo, caminando o viendo una película en la comodidad de tu sillón… es importante que tu mente no se sature.

Relajarse en vacaciones

Otras recomendaciones

Además de estas tres esenciales tareas, también puedes organizar tus vacaciones, así no perderás estructura ni tampoco dejarás de relajarte. También intenta abandonar la tecnología (tabletas, smartphones, computadora) al menos durante la mayor parte del día, apartando un tiempo (breve) para usarla. No te estreses.

Y, al final, pero no menos importante, aparta un par de días para ponerte al tanto de tu regreso a la actividad. Así sabrás que estás casi de regreso y tu mente se alistará sin tanto estrés.

Cuéntanos qué otras técnicas usarás o has usado en vacaciones anteriores. ¡Queremos leerte!

El aporte de la disciplina a la vida académica

Disciplina, #MontenegroEditores

Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, es un hábito.
—Aristóteles

 

La trampa de la sobrevaloración del talento

El avance en el ámbito escolar, como en los demás ámbitos de la vida, no se reduce a un solo factor —como a una capacidad cognitiva o un coeficiente intelectual privilegiado—. Es la suma de muchos factores, desde todos los contextos de un alumno, lo que al final impacta en su desempeño escolar. Fomentar tanto la disciplina como los hábitos de estudio en nuestros niños, desde edad muy temprana, trae grandes beneficios así como un gran impacto a su vida académica y, de paso, a la personal.

Más que sólo un cerebro dotado

En un estudio de la Universidad de Pensilvania en Estados Unidos, investigadores del Centro de Psicología Positiva decidieron medir la auto-disciplina de estudiantes para analizar su efecto en el nivel de desempeño de los mismos, pues con evidencia de una gran variante de desempeños con niños que comparten el mismo coeficiente intelectual (IQ), se obliga a buscar la influencia de fortalezas no-intelectuales[1] (e.g., motivación, autodisciplina) en los rendimientos académicos altos. De acuerdo a sus resultados, “adolescentes altamente auto-disciplinados sobrepasan el desempeño de sus pares más impulsivos en cada variable de desempeño académico, incluidas calificaciones en boletas, resultados de pruebas estandarizadas de logros, admisión a preparatorias competitivas y asistencia”[2]. Entre algunos de los aspectos observados que afectaron los resultados de los estudiantes, están las horas dedicadas a las tareas, horas dedicadas a ver televisión (inversamente) y la hora en la que los estudiantes iniciaban sus deberes escolares en casa.

Los beneficios de la disciplina distan de ser exclusivamente en el plano inmediato. Otros investigadores, como Mischel y sus colaboradores, mostraron -a inicios de los años 90- que una mayor habilidad para posponer la gratificación (prima hermana del autocontrol) a los 4 años de edad, se relacionaba con una mayor funcionalidad académica y social más diez años después [3].

Sobra mencionar que fomentar la auto-disciplina en nuestros hijos desde pequeños les traerá beneficios más allá de los observables en un plano estrictamente escolar e inmediato, como los ya mencionados líneas atrás, además de otros como desarrollar y expandir los tiempos de concentración, crear hábitos de orden y fortalecer habilidades de administración del tiempo, además de mitigar el estrés y la ansiedad que pueden generar la poca preparación ante un reto escolar.

Cómo ayudarlos en la construcción de buenos hábitos de estudio

Un dato que puede ser importante al incorporar o llevar a cabo por primera vez algunas de las herramientas y/o sugerencias que nos mencionan especialistas en la entrega de Tips para estudiar de la Guía de Padres de Montenegro, es aquel sobre los periodos de tiempo de estudio sugeridos según la edad de cada niño. Así podemos tener un parámetro que nos ayude a balancear el tiempo que es ideal que estudien al día, sin que se vuelva demasiado. Información que va muy de la mano con los tiempos aproximados de concentración según el grado escolar que también se exponen en la Guía. Con esta información podremos armar estrategias para cada uno de nuestros niños, pues, en efecto, y como de seguro lo intuías, las cargas de tiempo dedicado al estudio y lo que verdaderamente puede durar un niño en completa concentración, van a variar según su edad. Así mismo variará idealmente lo que podemos exigir a cada niño.

Dentro de algunas de las sugerencias que se proponen para ayudar a que los niños estudien mejor, están el llevar un registro de objetivos que se evaluarán, tener a la vista las próximas tareas a cumplir, compensar a los niños con estímulos verbales, físicos o emocionales cada que alcanzan sus logros establecidos; además de las maneras en las que es mejor que intervengas: ofrecerles explicaciones que permitan al niño realizar su tarea, sin realizarla por él, u ofrecerles ejemplos nuevos o distintos cuando no pueden resolver un ejercicio.

Herramientas muy importantes como la creación de horarios o planeaciones semanales que integren los distintos ámbitos de la vida de un niño, cuidando que exista siempre un equilibrio sano entre esparcimiento y deberes, así como el establecimiento de un espacio y ambiente verdaderamente óptimos para el estudio, son algunos recursos que se detallan en esta Guía, y que encontrarás de mucha utilidad. Todo esto lo podrás consultar y descargar completamente gratis desde el portal oficial de Montenegro, en la sección Padres, y esperamos que, así, tu niño empiece a apropiarse de buenos hábitos de estudio que lo lleven a desarrollar muchas otras habilidades que le beneficiarán a lo largo de su vida.


[1] Duckworth, Angela L., y Seligman, Martin, E.P. Self-Discipline Outdoes IQ in Predicting Academic Performance of Adolescents. Positive Psychology Center, University of Pennsylvania. 2005. [Revisado en https://www.sas.upenn.edu/~duckwort/images/PsychologicalScienceDec2005.pdf]
[2] Ídem.
[3] Mischel et ál. en Duckworth y Seligman, Op. cit.

Apoyo familiar en la vida escolar de los niños

Apoyo familiar, #SoyMaestroMontenegro

El efecto del apoyo familiar

A pesar de que existe una variedad de resultados en distintos estudios realizados, en general, la participación de los padres (el apoyo familiar) en la vida académica de los niños es considerada un medio por el cual las escuelas mejoran los logros de los niños que tienen un desempeño bajo[1]. El efecto del involucramiento de los padres en el desarrollo escolar de los niños tiene que ver con su función de enlace o puente entre los dos contextos principales en los que se mueve el niño: la escuela y el hogar. Los teóricos de psicología del desarrollo Urie Bronfenbrenner —teoría de los sistemas ecológicos del desarrollo infantil— y Stephen Ceci —experto en el desarrollo de la inteligencia y la memoria— lo explican bajo un marco ecológico: “los contextos del hogar y la escuela (…) son microsistemas autónomos, y la participación parental es conceptualizada como un mesosistema, que está configurado por las interacciones entre los microsistemas clave”[2]. De este modo, los padres son un agente importante en la vinculación de los dos contextos principales en la vida del niño y, por tanto, en los aprendizajes que se mueven y logran entre ambas esferas.

Aunque cada contexto ofrece ambientes de aprendizaje distintos, juntos interactúan para ofrecer una influencia muy fuerte. Para investigadores como Berger, El Nokali, Bachman y Votruba-Dzral, la participación de los padres es entendida como el producto de la interacción de las influencias en los escenarios de la escuela y el hogar al proveer continuidad entre los dos ambientes. La continuidad es justamente clave al contemplar la función y relevancia de nuestra participación en la vida escolar de nuestros niños.

No es de sorprender, entonces, que la participación de los padres en la educación de sus hijos sea tan solicitada y motivada por docentes, proveedores de educación y cuidados infantiles, investigadores, etcétera.

 

Las distintas formas del involucramiento de los padres

Queda clara la importancia de la participación de los padres —con base en su función—, pero ¿de qué forma se da? Según Berger y sus colaboradores, en un estudio para evaluar el impacto de la participación de los padres en el desarrollo académico y social de los niños, incluso actitudes y acciones pequeñas pueden llevar a efectos positivos para el desarrollo del niño. Argumentan, por ejemplo, que si los padres están al tanto de las metas instruidas por el maestro, éstos pueden proveer los recursos y el apoyo en el hogar para esos aprendizajes proyectados. El sólo estar informados de lo que se quiere lograr desde el actuar de los docentes, puede hacernos más vigilantes y proactivos del logro de ciertos objetivos.

Además del aspecto académico, según estos investigadores, el efecto del involucramiento de los padres también se da en el ámbito del desarrollo social. Los valores y actitudes cultivados y practicados en casa pueden facilitar el desarrollo de enfoques disciplinarios consistentes, mismos que atraviesan tanto la esfera del hogar, como la escolar. Existe evidencia acumulada que sugiere que este tipo de prácticas parentales están asociadas con un éxito académico mayor en los grados iniciales[3].

 

Efectos en lo académico

Berger y sus colaboradores encontraron evidencia en literatura previa (por ejemplo, Fan y Chan [2001]) de asociaciones positivas entre el involucramiento de los padres de familia y los logros académicos en preescolar, en específico en una variedad de habilidades de aprendizaje y académicas, como la motivación por logros, la persistencia en la conclusión de tareas y la capacidad de comprensión de vocabulario.

 

Qué puedo hacer para apoyar a mi hijo en su vida escolar

Como padres, hay muchas cosas (pequeñas y grandes) que podemos hacer para ayudar a nuestros hijos a alcanzar sus logros escolares. Desde situaciones informativas, como conocer el programa de estudios que se lleva en la escuela, al igual que los temas y fechas en los que serán tratados, a aquellas de mayor participación presencial, como asistir a las juntas escolares y dedicar tiempo para supervisar y ayudar en la realización de sus tareas en casa. Hay muchas acciones o ajustes en nuestras rutinas que podemos realizar que sólo inician con una actitud de responsabilidad e interés por estar presentes lo más posible en el ámbito educativo de nuestros hijos.

Esto y más consejos, e información concisa sobre el tema de la importancia de la familia en el desarrollo escolar de los niños, y cómo llevar a cabo dicha participación, en la Guía de Padres de Montenegro, disponible de forma gratuita desde la sección de Padres de nuestro sitio oficial.


[1] Berger en El Nokali, Bachman y Votruba-Drzal.

[2] El Nokali, N. E., Bachman, H. J., & Votruba-Drzal, E. (2010). “Parent Involvement and Children’s Academic and Social Development in Elementary School”. Child Development, 81(3), 988–1005. http://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2010.01447.x [Revisado en https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2973328/]

[3] Ídem.

6 consejos para cerrar con broche de oro el ciclo escolar

ciclo escolar, planeación, Montenegro Editores

Las vacaciones están a la vuelta de la esquina y terminar un ciclo escolar conlleva no sólo la entrega de trabajos finales, exámenes o la emoción por el inminente descanso… por eso te compartimos algunas ideas para cerrar bien este ciclo escolar.

 

1. Atento al calendario

Estar al día en la planeación de la escuela, como fechas de evaluaciones, reuniones de padres de familia y festivales de fin de ciclo puede reducir tu estrés significativamente. A tus hijos les puede ayudar a prepararse para los exámenes, como hemos visto en entradas anteriores.

 

2. Estudia por etapas

Es mejor estudiar periódicamente, en periodos cortos y alternar las materias. Además de la tarea se puede dedicar 30 minutos a repasar cada materia, con una materia al día. Por ejemplo: lunes, matemáticas; martes, exploración; miércoles, cómputo… y así evitar la fatiga mental.

 

3. Constancia mata esfuerzo

Cuando estamos por salir de vacaciones, y más significativamente durante ellas, solemos relajar la disciplina para mantener horarios establecidos… lo mejor es que intentes crear una disciplina. La consistencia estabilizará las cosas si comienzan a desmoronarse.

 

4. Encuentra apoyos

Somos adultos, pero por haber terminado la primaria no significa que seamos el mejor apoyo o el que necesitan nuestros hijos. Si hay un área en la que necesite refuerzo, ¡hay que encontrar aliados! Los clubes de tarea, cursos de verano y otras opciones están ahí para considerarlas en esta etapa del curso.

 

5. Revisar material

Hay que apuntar que a veces una mala calificación viene de no tener buenos apuntes. Si tú o tu hijo o alumno fallan en este punto, es momento de completar los apuntes que hagan falta para que tenga “la película completa” de su año académico.

 

6. Vive el verano

¡Alégrate, han concluido otro ciclo escolar! Después de todo también es una etapa de celebración y logros. Compartan actividades de verano, asistan a los festivales que haya en su comunidad e incluso a las fiestas que organizan sus compañeros de clase por el fin de ciclo.

 

No olvides que todo final de ciclo conlleva ya el inicio de otro, ¿algo no salió bien o podría salir mejor? Es buen momento de pensar en ello para mejorarlo el próximo ciclo.

Cómo prepararse en familia para un examen

Prepararse para un examen

Así como sentimos que hemos fallado como padres, guías y educadores, cuando un alumno reprueba un examen, todos podemos ser parte de la solución al apoyar a los educandos en su preparación y no exclusivamente de forma académica. A continuación te damos algunos consejos para preparar un examen en familia.

 

Estar al día con las tareas

No hay mejor forma que estar al día. Punto. Si ayudas a tu hijo con las tareas lo estás ayudando a estar listo para cada examen, porque los conocimientos estarán frescos y accesibles. Además, es una oportunidad para ver cada asignación diaria como un repaso. No sólo hagan la tarea, apréndanla.

 

Comunicación con el maestro

Habla con su maestro o maestra sobre las áreas donde tu hijo necesita más apoyo y aquellas en las que tenga mayor facilidad de aprendizaje. ¡Así sabrás dónde apoyarlo! Esto también evitará que los periodos de pruebas los tomen desprevenidos, ya que la planeación lo es todo.

 

Lee con tu hijo regularmente

Una manera muy eficaz de repasar temas y asignaturas con tus hijos es leer. Leer textos de y sobre las materias en las que tendrán pruebas. Enciclopedias y artículos son ideales para materias de ciencias sociales, mientras que los libros de ejercicios matemáticos, que combinan la práctica con actividades lúdicas, son ideales más allá de los textos obligatorios.

 

Practica para los exámenes

El ensayar las condiciones de un examen (el silencio, la concentración y el límite de tiempo) en casa puede reducir significativamente el estrés del alumno al realizar la prueba real. Hacer esto también ayuda a detectar conocimientos que necesitan ser reforzados y habilidades que necesitan ser mejoradas (como leer bien las instrucciones o rellenar espacios adecuadamente).

 

Técnicas de relajación

El estrés y el nerviosismo llegarán inevitablemente, tanto con la práctica como con la realización de la actividad en sí, por lo que no es para nada una mala idea aprender una o dos formas de relajación. Pueden intentar con música, técnicas de respiración o meditación, para lograr la paz mental necesaria y estar listos para esos exámenes.

 

Háblale de cómo será

Una buena anécdota de papá o mamá sobre cómo era para ellos hacer exámenes ayudará a aliviar la tensión y  preparara a tu hijo para vivir las pruebas sin el estrés que conlleva una situación de evaluación, donde los estudiantes se sienten examinados no sólo a nivel académico sino personal. Cualquier información extra antes del examen ayuda a verlo con mayor naturalidad.

Además, nunca sobran los premios o recompensas; recuerda que todo es aprendizaje y un trabajo bien hecho siempre tiene recompensas.