Aprender en vacaciones

Por Equipo Montenegro

Ahora que las clases finalizaron, inician las vacaciones y los estudiantes están libres de las responsabilidades escolares durante algunas semanas. Años atrás, este periodo significaba que los niños y las niñas se quedaban en casa, acompañados de sus madres u otros familiares, como los abuelos, o en casa de los tíos. Allí, el entretenimiento era jugar dentro de la casa o salir a la calle y convivir con los vecinos, ver televisión, disfrutar de los juegos de mesa, ir a la cama más tarde de lo normal y levantarse tarde también. Podía darse la casualidad de que padres e hijos compartieran los mismos días de vacaciones y entonces la familia salía de la ciudad para pasear por el campo o ir a la playa, visitar a parientes de otros estados, etcétera.

Si bien el periodo vacacional se toma más como tiempo de recreación y de descanso, también es una oportunidad de seguir formándonos en diversos saberes. En la actualidad se ofrecen cursos de verano para las varias edades, así como para las diversas preferencias de los niños y los adolescentes. Ciertamente, la asistencia a estos cursos –mismos que pueden durar varias semanas– contribuye al descubrimiento y la formación de las cualidades y actitudes de los jóvenes, fortaleciendo sus capacidades artísticas, deportivas, intelectuales y sociales. Además, es un aliado para los padres y las madres que no tienen vacaciones o días libres a la par que sus hijos.

Pareciera que el periodo de descanso académico distrae la atención de los saberes que enseña el curso escolar, pero este paréntesis permite ejercitar habilidades que normalmente no se practican. Pensemos, por ejemplo, que el niño o la niña llega a un nuevo grupo: clases de natación en verano. Esto, de inicio, pondrá en evidencia su capacidad para convivir con sujetos que le son ajenos a sus rutinas: un entrenador o entrenadora, chicos y chicas con hábitos distintos; conocerlos y, sobre todo, el proceso de aprender a despedirse de ellos. Esta simple actividad permite, sí, aprender a nadar, pero también aprender a convivir, a respetar las reglas de contextos diferentes a los acostumbrados y a las diferencias personales; a comprender el inicio y cierre de ciclo. Es una experiencia heurística de verano: descubrir que podemos aprender fuera del aula.

Aprendizajes como éstos pueden darse en otros ámbitos. Otro ejemplo es que el alumno o la alumna, ahora de vacaciones, tenga la oportunidad de quedarse en la casa de algún pariente, compartiendo el día con tíos, tías, primos, primas, gente cercana. Del mismo modo, podemos hacer que el “vacacionista” aprenda a aprender de esta experiencia: respetando las reglas de otro hogar, probando platillos y sazones distintos, abriéndose a conversaciones con personas con las que pocas veces convive tanto tiempo.

Como padres o responsables de los niños y los adolescentes vacacionistas, podemos reforzar este aprendizaje que, de inicio, puede parecer una experiencia ordinaria. Si preguntamos cómo estuvo el día, es bueno; pero si vamos más allá, haremos preguntas en las que la reflexión sobre lo vivido nutra las habilidades y el autoconocimiento, y entonces las vacaciones reforzarán lo aprendido en la escuela y la vida diaria. Los adultos, en un diálogo abierto, pueden incentivar la reflexión sobre diferencias, descripciones de acciones y comportamientos que el niño o la niña opine y analice según lo que ha visto en el día; todo esto será de provecho para ellos y su habilidad de descubrimiento.

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