Protegido del fracaso, protegido del éxito

Aunque como adultos podemos escuchar o leer todo tipo de frases motivacionales que nos incentivan a salir de nuestra zona de confort para “ir por lo que queremos” en gran cantidad de publicaciones y, por ello, nos pueda parecer un tema ya comprendido, cotidiano y hasta ligero, lo que hay detrás del miedo al fracaso es mucho más complejo y nos alcanza a todos: adultos y niños. Como padres y maestros podemos incidir, deliberada o inconscientemente en la medida en que el miedo al fracaso limite o llene de herramientas al desarrollo —y vida en general— de nuestros niños.

La cabalgata hacia el éxito nunca está libre de fracasos

La escritora y comentarista Margie Warrell —con formación en negocios y psicología— lo ilustra de forma muy clara en una de sus columnas para la revista de negocios Forbes: “(…) el crecimiento y la comodidad no pueden cabalgar sobre el mismo caballo”[1]. En un artículo en donde habla tanto desde su experiencia en el mundo empresarial —que incluye programas para la NASA— y psicológico, como desde su faceta como madre, Warrell nos recuerda de los graves estragos que conlleva una crianza que busca apartar todo riesgo de la vida de los niños, incluido el contacto con el fracaso, no sin reconocer el reto que como padres implica distinguir la línea entre el instinto primordial de proteger a nuestros hijos contra toda amenaza, y motivarlos a asumir riesgos para que sigan jugando/aprendiendo/creciendo.

Según Warrell, hoy en día son cada vez más los niños que crecen sintiendo una presión excesiva por ser exitosos desde edades muy tempranas, y se vuelve más común encontrarnos con adolescentes que optan por abandonar actividades por el miedo a asumir el riesgo de ser duramente juzgados, muchas veces -sobre todo- juzgados por padres sumamente exigentes. Estos estándares de adultos les empiezan a robar a los niños su niñez al no darles la libertad emocional, física y mental de ser solamente niños. Bajo esta línea podemos ver claramente cómo nuestros propios miedos o temas sin resolver, aún en nuestra adultez, pasan a marcar peligrosamente el camino de nuestros hijos, que muchas veces prefieren ya no caminar.

Equipados con el arsenal del fracaso

Uno de los peligros más grandes en la vida de cualquier persona es probablemente aquel de asumir el “mejor no jugar que arriesgar”, la peligrosa seguridad de vivir en un porcentaje de todo nuestro potencial con el fin de evitar resultados no favorables. Warrell dice que ha observado cómo, tras las pérdidas en distintas áreas y actividades extra curriculares de cada uno de sus cuatro hijos, a través de los años, la mayoría de las mejores lecciones de vida vienen de las derrotas por puntajes reñidos, de las casi-victorias o del no llegar a la última selección. Son éstas las lecciones que nos traen una comprensión más allá de la carrera jugada y que nos arman de resiliencia, capacidad de gran valor para enfrentar los retos incesantes de la vida.

Desde su experiencia profesional, Warrell nos recuerda que la mayoría de casos de empresarios exitosos no salen de un historial limpio de promedios de 10 y medallas de oro, se trata de personas que han tenido su buen número de fracasos en el camino a la adultez, pero que aprendieron que el fracaso es un evento y no su persona, y que les ha permitido construir una confianza lo suficientemente fuerte para ir tras metas ambiciosas, a pesar del riesgo a que se den resultados no favorables: los resultados no los definen.

En el corazón del fracaso

Según Martin Covington, profesor de la Universidad de Berkeley y especialista en educación e investigador del área social-personalidad, el miedo al fracaso está vinculado directamente con nuestro concepto de valor (self-worth) y autoestima, “o a la creencia de que eres valioso como persona”[2]. El miedo al fracaso entonces permea —o socava— nuestra identidad: no es un elemento que podamos sacudir a la primera, será probablemente una batalla que se tendrá que ir ganando día a día y en la que nosotros como padres podemos ayudar a que nuestros hijos tengan un soporte sólido en ellos mismos para ser capaces de afrontar los retos de forma en que su autoestima crezca.

Para Covington, entre otras observaciones, es importante que los padres no opten por prácticas que avergüencen o castiguen los fracasos de los niños, sino que reconozcan y celebren su éxitos; que se les aliente a que jueguen, aprendan y se arriesguen por el gusto de hacerlo, y hacer ver que su valía como personas es completamente independiente de los resultados que produzcan.

Tanto Warrell como Covington nos invitan a enseñar a nuestros hijos a asumir el riesgo de equivocarse, a desafiar las reglas y hacer su propia suerte; a ayudarlos a que separen su valía de los resultados que obtengan, aprovechar cada oportunidad para hacerles ver que lo más importante no es ser alabado como el héroe, sino tener el valor de intentarlo: lo valioso es lo que se aprende detrás de cada intento.


[1] Warrell, M. (2015). “Prepare your kids for success: teach them how to fail”. Forbes. [Revisado en: https://www.forbes.com/sites/margiewarrell/2015/12/05/prepare-your-kids-for-success-teach-them-how-to-fail/]

[2] Covington en Zakrzew, V. “How to help kids overcome fear of failure”. Greater Good Magazine. Diciembre, 2013. [Obtenido en línea en: https://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_to_help_kids_overcome_fear_of_failure]

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